Bajo la Tormenta

Bitácora de un viaje a través del cáncer


El síndrome de Estocolmo

Hoy he tenido mi última sesión de radioterapia. La número 27. Ojalá sea la última de verdad y el puto cáncer me deje en paz de una vez. Me alegra el pensar que volveré a tener las tardes para mi, que podré ver «La Promesa» cual señora en su sofá y que no tendré que ir cada día al hospital pero…. Por extraño que parezca, también me envuelve una capa de tristeza. Raro ¿verdad? Es algo bueno, pero me pone triste que se termine. Y todo gracias/por culpa de las dos maravillosas personas que en casi todas las sesiones me han estado cuidando: Sandra y Nazareth.

Es curioso. Durante mi tratamiento de radioterapia del año pasado también establecí una relación especial con las responsables de radiarme durante las 25 sesiones que recibí . Y es que son personas a las que ves cada día durante muchos días y que empatizan con tu vulnerabilidad.Y tú dependes de ellas. Y en mi caso, después de todo lo que llevo sufrido, es algo que , como he repetido muchas veces, no tiene precio. Y se ha establecido una relación muy especial.

Y es que no todo el mundo es igual. Yo misma lo he comprobado algún día que me han hecho el favor de cambiarme de turno porque tenía visitas médicas por la mañana y por no hacerme ir y volver me cambiaban el turno. Profesionales, pero sin calidez. También es verdad que fue solo un día. Quiero decir con esto que te puedes limitar a hacer tu trabajo, o puedes hacer tu trabajo haciendo feliz/ayudando a la gente que depende de tí. Y ahí radica la diferencia de Sandra y Nazareth.

Ya a los pocos días de empezar las sesiones, después de mi entrada triunfal de » ¿27 sesiones? Me estás vacilando»… durante los pocos minutos de charla que tengo con ellas, entre que entro, me colocan la máscara, y luego me vienen a quitar la máscara y nos despedimos, siempre tenemos cosas que contarnos.

Era verlas aparecer por la puerta, que te llamaran, y lejos de ponerme nerviosa era dibujar una amplia sonrisa bajo mi mascarilla y decir, «guay, vamos allá»

Es ese tacto, esa rutina quizá, la que ha hecho que , a pesar de ser un momento no muy agradable, haya dejado de costarme un mundo bajar a esa zona del hospital como me pasaba antes. Al menos durante unos minutos me iba a reír con algo, o íbamos a compartir inquietudes: Que si la merienda, que si la alerta por lluvia o el «síndrome de Estocolmo».. que no me han secuestrado, pero si que he establecido un vinculo especial con ellas. ¿Que es su trabajo? Si, pero que lo hacen tan bien que gracias a ellas una situación tan difícil deja de ser tan desagradable ? También.

Ha sido solo un mes. 27 días. Pero han pasado muchas cosas. Hasta me ha empezado a salir el pelo. Desde el día que empecé a hoy, ya tengo hasta cejas y pestañas.

Y es que 27 días parecen poco pero dan para mucho si son intensos.

No voy a decir que esperaba con ilusión ir a radiarme cada tarde, pero si que es verdad que iba cada tarde con cero ansiedad y super tranquila.

Por que a ver, seamos sinceros. Yo por suerte no tengo claustrofobia. Pero el hecho de estar bajo una máscara sujeta a una camilla , sin poderte mover, sabiendo que la máquina que tienes encima te va a radiar.. .. agradable no es. Es muy importante estar lo más relajado posible. Y una risa, un comentario, un toque en el hombro o en la mano transmitiendo ánimo y que «todo irá bien»… justo antes de empezar, en situaciones así, de verdad, no hay palabras suficientes que lo agradezcan.

Hoy , cuando se ha terminado la última radiación, a pesar de estar inmovilizada por la máscara, se me han llenado los ojos de lágrimas. Por fin. Por fin se cerraba una etapa. Por fin terminaba la radio. Otra vez. Se me han juntado alivio y miedo. El miedo es algo con lo que los pacientes de cáncer creo que aprendemos a vivir.

Y es que claro, no es lo mismo pasarlo una vez , que es durísimo; que pasarlo dos veces en dos años. Que es devastador. Que cuando ya pensabas que estabas lista para recuperar tu vida ibas a tener que volver a la casilla de salida. Y esta vez el camino iba a ser aún más duro. O no, porque no ha habido un año mejor que otro. Llevo casi dos años de pesadilla. En bucle.

No he podido evitar abrazarme a mis queridas ángeles de la guarda antes de despedirme hoy de ellas Es una suerte haberlas conocido y haberlas tenido cerca ayudándome y cuidándome en este trance tan complicado psicológicamente, pero es una pena haberlas conocido en estas condiciones porque se que nos echaríamos unas buenas risas en otras circunstancias. Gracias de corazón a las dos. Ojalá volvámos a coincidir pero sin que tengáis que radiarme. 😉

En este caso son ellas, pero podría extrapolar mis palabras a mi neumóloga, a las enfermeras del hospital de día, a las de analíticas, a mi médica de radiooncóloga, a mi oncólogo a mi psicooncóloga, a mi reumatóloga… al 99% del personal con el que me he encontrado hasta ahora en el Hospital Germans Trias i Pujol de Badalona.

Estoy feliz porque termino. Pero el miedo. Ay el miedo. No me abandona. Ni creo que lo haga ya nunca.

El lunes me dijeron que mi pulmón va mejorando. Me puse a llorar. Ultimamente lloro mucho cada vez que me dan buenas noticias. Debería alegrarme infinito, pero me da tanto miedo lo que he pasado, el camino que llevo recorrido hasta hoy desde aquel 11 de enero del 2023 en el que volví a casa desde el trabajo a toda velocidad por la autopista llorando y sin saber lo que me esperaba… que no puedo evitar tener pavor a que vuelva. A que vuelva el puto cáncer.

Pero de momento está a raya.

Y espero que siga así para siempre.

Gracias de corazón Sandra y Nazareth por vuestros mimos y por vuestra compañía en esta tormenta. Os echaré de menos.

Seguimos… ojalá saliendo de la tormenta para siempre.



Deja un comentario

About Me

Lo que soy ha pasado a un segundo plano. Escribo para capear la tormenta.

Este blog es mi válvula de escape.